Historia de terror paranormal Los habitantes del polvo.

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Saludos mi gente bonita hoy les traigo una historia de mi autoría de terror paranormal, la cual espero les guste.
El crujido de la madera por las noches en la vieja casona no era por el frío, aunque el padre de Mateo insistiera en ello mientras cambiaba el termostato por tercera vez en la semana, al igual que las sombras alargadas que cruzaban el pasillo, “eran producto del paso del camión de la basura por debajo de los faroles de la calle”, sugería su madre con esa sonrisa cansada de quien ya no sabe qué inventar para calmar a un niño de nueve años.

​Mateo sabía la verdad, la casa de la calle Girasoles no estaba vacía antes de que ellos llegaran, tenía inquilinos que no pagaban alquiler, que no respiraban y que, sobre todo, no querían compañía, los habitantes del polvo.

​La primera vez que vio a la mujer de vestido gris fue dos días después de la mudanza, Mateo estaba ordenando sus cómics en la estantería de su nueva habitación cuando un frío súbito, denso como el agua de un pozo le erizó los vellos de los brazos. Al darse la vuelta, ella estaba allí, de pie junto a la ventana.

​No tenía rostro, o más bien, sus facciones parecían borradas, como un dibujo hecho a lápiz sobre el que alguien hubiera pasado el dedo húmedo, su vestido de tela basta flotaba a unos centímetros del suelo, ajeno a la gravedad. Mateo se quedó paralizado, con el corazón golpeándole las costillas como un pájaro enjaulado, la mujer levantó un brazo esquelético y señaló el armario antes de desvanecerse en un parpadeo de estática gris.

​Cuando Mateo bajó corriendo las escaleras, tropezando con sus propios pies y con las lágrimas quemándole las mejillas, sus padres cenaban en la cocina entre el olor a pintura fresca y cajas de cartón.

​—Mamá, hay alguien arriba. Una señora. No tiene ojos —logró articular, tirando de la manga de su madre.

​Laura suspiró, dejando los cubiertos sobre el plato con un tintineo seco. Miró a su esposo, Julián, quien levantó la vista de su tableta con el ceño fruncido.

​—Mateo, ya hablamos de esto —dijo Julián, con esa voz impostada de paciencia que usaba cuando estaba a punto de perderla—. Ya te expliqué que las casas viejas hacen ruidos, la mudanza ha sido un cambio muy grande para ti, pero ya eres un niño mayor para inventar monstruos.

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​—¡No lo invento! —gritó Mateo, desesperado—. Estaba allí. Me señaló el armario.

—Mañana revisaré el armario, campeón —prometió Julián de mala gana, volviendo a su pantalla—. Ahora ve a lavarte las manos y siéntate a cenar.

​Nadie le creyó. Ni esa noche, ni la semana siguiente cuando las huellas de pies pequeños y embarrados aparecieron en el techo del pasillo, ni cuando los juguetes de Mateo aparecian cada mañana ordenados, formando círculos perfectos en el centro de su cuarto. Para sus padres, todo era estrés infantil, sonambulismo o una imaginación hiperactiva alimentada por demasiadas películas.

​Con el paso de los meses, Mateo aprendió a callar, entendió que el escepticismo de sus padres era un escudo psicológico que ellos necesitaban para no volverse locos, pero ese escudo lo dejaba a él, completamente desprotegido.

​La casa reveló su verdadera naturaleza en otoño, ya no era solo la mujer del vestido gris. Había otros.

​El hombre del sótano, una silueta alta y encorvada que olía a tierra mojada y azufre, nunca subía los escalones, pero se paraba al pie de la escalera oscura, observando hacia arriba. Mateo podía oír su respiración: un silbido asmático, húmedo, como el de unos pulmones llenos de agua.

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La niña del pasillo aparecía a las tres de la mañana, tenía las piernas artificialmente largas y caminaba a cuatro patas por las paredes, esquivando los retratos familiares. Su diversión favorita era susurrar el nombre de Mateo a través de la cerradura de su puerta.

​«Mateo... sal a jugar. El sótano está frío, pero aquí arriba hace más frío si estás solo...»

​El niño pasaba las noches enterrado bajo sus cobijas, sudando de terror, con los ojos apretados y los dedos tapándose los oídos. Aprendió a distinguir los ruidos legítimos de la casa de aquellos que no pertenecían a este mundo, el crujido térmico del techo era agudo; el crujido de la madera bajo las pisadas invisibles de la niña era lento, rítmico, pesado.

​Una tarde de noviembre, mientras sus padres discutían en la planta baja por problemas económicos —la casa había resultado más cara de mantener de lo que planeaban—, Mateo se quedó atrapado en el piso superior.

​La luz del día se desvanecía rápidamente, tiñendo el pasillo de un tono violeta enfermizo, al fondo, la puerta del ático, que siempre permanecía cerrada con llave, estaba entreabierta y un hilo de oscuridad pura parecía filtrarse por la rendija.

​Mateo sintió una fuerza magnética, una curiosidad que le empujaba las piernas. Se acercó despacio, y al asomarse por la rendija, vio un par de ojos, no eran ojos humanos; eran dos esferas amarillas, felinas, incrustadas en una masa de sombra densa que flotaba a ras de suelo.

​—Te ven —siseó una voz infantil detrás de él.

​Mateo dio un brinco, ahogando un grito, era la niña del pasillo, estaba de pie, del revés, con los pies apoyados en el techo y la cabeza colgando hacia abajo, mirándolo con el cuello torcido en un ángulo imposible de noventa grados. Sus ojos eran cuencas vacías de las que brotaba un líquido negro y espeso que caía goteando... pero las gotas no caían al suelo, sino que subían hacia el techo, desafiando la gravedad.

​—¿Quiénes son? —preguntó Mateo, con la voz rota por el pánico.

​—Los dueños —respondió la niña, ampliando una sonrisa que cortó sus mejillas hasta las orejas, revelando hileras de dientes afilados como agujas—. Tus papás no pagan el alquiler correcto, nosotros cobramos en otra moneda.

​Mateo corrió, bajó las escaleras de tres en tres, cayendo de rodillas al llegar a la cocina. Su madre estaba llorando frente a una pila de facturas y su padre golpeaba la mesa con el puño.

​—¡Mamá, papá! ¡La niña está en el techo! ¡Tiene dientes de cuchillo! ¡Hay algo en el ático! —exclamó el niño, hiperventilando, agarrándose a las piernas de su padre.

​Julián, desbordado por la frustración y el estrés, apartó a Mateo de un empujón brusco.

​—¡Basta ya, Mateo! ¡Estoy harto de tus malditos juegos! —rugió el hombre, con el rostro enrojecido—. ¡No hay nadie en el techo! ¡No hay nada en el ático! Si vuelves a decir una sola palabra sobre fantasmas, te juro que te castigaré hasta que cumplas los dieciocho años. ¡A tu cuarto! ¡Ahora!

​Mateo miró a su madre, buscando un rastro de compasión, pero Laura solo se cubrió el rostro con las manos, dándole la espalda, estaba sola completamente sola en su incredulidad.
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​El invierno llegó con una tormenta que cortó la electricidad de toda la manzana, la casa quedó sumida en una negrura absoluta, rota únicamente por el resplandor intermitente de los relámpagos y las débiles llamas de unas cuantas velas que Julián había colocado en la sala de estar.

​El frío que invadió la vivienda no era normal, el aliento de la familia formaba densas nubes de vapor dentro de la casa, los termómetros ambientales bajaron a cero grados en cuestión de minutos, a pesar de que las ventanas estaban cerradas.

​—Esto es ridículo —refunfuñó Julián, frotándose los brazos—. Voy a bajar al sótano a revisar los fusibles y el calentador, algo debe haberse roto.

​—Julián, no vayas —pidió Laura, tiritando en el sofá, envuelta en tres mantas—. Esperemos a que pase la tormenta, me da mala espina.

​—No voy a congelarme en mi propia casa, Laura, volveré en cinco minutos.

​Mateo, sentado en un rincón de la sala, sintió que el estómago se le contrariaba, sabía que el hombre del sótano llevaba meses esperando que alguien bajara en la oscuridad.

​—Papá, no bajes —suplicó el niño con voz temblorosa—. Él está abajo, el hombre alto, está esperando.

​Julián se detuvo en el umbral de la puerta de la cocina, que conducía al sótano, miró a su hijo con una mezcla de desprecio y cansancio extremo.

​—Si vuelves a intentar asustarnos para llamar la atención, Mateo, te aseguro que la vas a pasar muy mal; quédate aquí y cuida a tu madre.

​Julián encendió una linterna de mano y abrió la puerta del sótano, el chirrido de las bisagras oxidadas sonó como un quejido agónico. El hombre bajó los escalones de madera, uno, dos, tres... Su silueta desapareció en la boca del lobo.

​Mateo y Laura se quedaron en silencio, solo se escuchaba el azote del viento contra los cristales y el repiqueteo de la lluvia.

​Pasaron cinco minutos, luego diez.
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​—¿Julián? —llamó Laura desde la sala, con la voz temblorosa—. ¿Está todo bien allá abajo?

​No hubo respuesta, solo el eco sordo de la tormenta.

​—Voy a ver —dijo Laura, levantándose, presa de una repentina ansiedad.

​—¡No, mamá! —Mateo saltó y la agarró de la mano—. No vayas. Por favor, mira las velas.

​Lauramiró hacia la mesa del comedor, las llamas de las tres velas, que antes bailaban con la corriente, se habían vuelto de un color azul eléctrico y se estiraban hacia arriba de forma antinatural, como agujas apuntando al techo.

​De repente, un grito desgarrador resonó desde las profundidades del sótano. Era la voz de Julián, pero no sonaba humana; era un alarido de puro terror, un chillido suplicante que se cortó abruptamente con el sonido de algo húmedo y pesado siendo arrastrado por el suelo de cemento.

​—¡Julián! —gritó Laura, perdiendo los estribos.

​Olvidando el frío, olvidando las advertencias de su hijo, corrió hacia la cocina; Mateo la siguió, no porque quisiera ir, sino porque el terror de quedarse solo en la sala era aún mayor, cuando llegaron a la puerta del sótano, la linterna de Julián estaba tirada en el suelo de la cocina, alumbrando hacia el hueco de la escalera, la luz revelaba algo espantoso.

​No había sangre, había algo peor, en los escalones de madera, las sombras de la barandilla parecían haberse desprendido de la madera y cobrado vida propia y se retorcían como serpientes negras, y desde la oscuridad del fondo, unas manos gigantescas, hechas de pura sombra y con dedos interminables, se estiraban hacia arriba, buscando el borde de la puerta.

​—¿Qué es eso...? ¿Qué es eso? —tartamudeó Laura, cayendo de rodillas, con los ojos desorbitados. Por primera vez, el velo de su incredulidad se había rasgado, por primera vez, estaba viendo lo que su hijo veía.

​—Te lo dije, mamá —susurró Mateo, con las lágrimas corriendo por sus mejillas congeladas—. Te lo dije muchas veces.

​El aire de la cocina se volvió tan denso que costaba respirar, el olor a putrefacción y ozono lo inundó todo, desde lo alto de la nevera, un crujido seco hizo que ambos levantarán la vista. La niña del pasillo estaba allí agachada, mirándolos con su sonrisa rota, sus ojos vacíos chorreaban el líquido negro sobre el suelo, y esta vez, el fluido comenzó a arrastrarse hacia los pies de Laura como hormigas hambrientas.

​—Llegaron los nuevos inquilinos —canturreó la niña, con una voz que sonaba como el roce de dos lápidas de piedra—. Pero la casa exige el pago completo, tres camas, tres almas.

​Detrás de Laura, la puerta principal de la casa se cerró de golpe, y el sonido de los cerrojos pasándose solos resonó por todo el inmueble, estaban atrapados.

​Las sombras del sótano terminaron de subir la escalera, ya no era solo una masa informe; la silueta del hombre alto se materializó en la cocina, medía más de dos metros, sus brazos llegaban hasta sus tobillos y su rostro era una hendidura oscura sin facciones, excepto por una boca gigantesca llena de colmillos translúcidos, a su lado, la mujer del vestido gris flotaba en el aire, sosteniendo entre sus manos invisibles algo que bloqueaba el corazón de Mateo: la alianza de bodas de su padre, cubierta de un polvo grisáceo.

​Laura, paralizada por el shock traumático de ver destruida su realidad, no podía moverse, miraba a las criaturas con la boca abierta, emitiendo un gemido sordo, incapaz de procesar el horror paranormal que la rodeaba.

​—Mamá, levántate —pidió Mateo, tirando de ella con todas sus fuerzas—. ¡Mamá, tenemos que correr a la ventana!

​Pero Laura ya no respondía, la sombra del hombre alto se habían envuelto alrededor de sus tobillos, subiendo por sus piernas como hiedra venenosa, la piel de la mujer comenzó a perder color, tornándose del mismo gris cenizo que el vestido de la aparición.
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​—Es tarde, pequeño vidente —susurró la mujer del vestido gris, y por primera vez su voz sonó en la mente de Mateo, fría como el hielo de un glaciar—. Tú nos veías, tú nos alimentaste con tu miedo, tus padres eran sordos, pero ahora cantan en nuestro coro.

​El hombre alto tiró, Laura no gritó; simplemente se deslizó hacia el hueco del sótano con la mirada perdida, como una muñeca de trapo a la que le hubieran quitado el alma, sus dedos arañaron desesperadamente el suelo de la cocina, dejando marcas de uñas en el linóleo antes de desaparecer en la negrura absoluta de la escalera.

​La puerta del sótano se cerró de golpe, y el pestillo giró con un clic definitivo.

Mateo se quedó solo en la cocina, el silencio que siguió fue más aterrador que los gritos, la tormenta afuera parecía alejarse, dejando a la casa en una burbuja de aislamiento perfecto.

​La niña bajó lentamente, quedando a la altura del niño, las sombras de la cocina comenzaron a disiparse, volviendo a las esquinas, a los armarios, a los rincones oscuros de donde nunca debieron salir.

​Mateo no corrió. ¿A dónde iba a ir? No había nadie afuera que pudiera protegerlo de lo que vivía dentro de sus propios recuerdos. Sus padres ya no estaban, convertidos en parte del eco que habitaba los cimientos de la propiedad.

​—¿Por qué a mí no me lleva? —preguntó Mateo, con la voz apagada, despojado de todo miedo, sustituido por un vacío infinito, la niña estiró una mano fría y esquelética, tocando la mejilla del niño, el contacto le quemó como el hielo.

​—Porque la casa necesita un testigo —respondió la niña con suavidad macabra—. Alguien que abra la puerta cuando los próximos compradores venga, alguien que les diga que los ruidos son solo... el crujido de la madera.

​La niña se desvaneció, dejando solo el olor a polvo y azufre en el aire.

​Seis meses después, la casa de la calle Girasoles volvía a estar en el mercado. El cartel de «SE VENDE» brillaba bajo el sol de la primavera, las agencias inmobiliarias la ofrecían a un precio ridículamente bajo, catalogando como una «oportunidad de ejecución hipotecaria» tras la misteriosa y repentina desaparición de la familia anterior.

​Una tarde, una pareja joven con un bebé en brazos se detuvo frente a la verja, el hombre miró la fachada victoriana con entusiasmo.

​—Es perfecta, cariño, un poco de pintura, arreglar el tejado y quedará como nueva, además, el vecindario es muy tranquilo.

​La mujer asintió, pero luego frunció el ceño al mirar hacia la ventana del piso superior, la del dormitorio principal.

​—Espera... mira ahí arriba. Hay un niño en la ventana.

​El hombre levantó la vista, en el piso de arriba, pegado al cristal, un niño de unos nueve años, inusualmente pálido y con ojeras profundas, los observaba fijamente, no parpadeaba, su mirada transmitía una tristeza tan antigua y profunda que a la mujer se le encogió el corazón.

​De pronto, detrás del niño, la mujer creyó ver una sombra alta y encorvada, y lo que parecía ser la silueta de una niña flotando cerca del techo, parpadeó sacudiendo la cabeza, y al abrir los ojos, el niño sonrió, una sonrisa forzada, rígida, idéntica a la de una marioneta.

​El niño levantó la mano y les hizo un gesto para que pasaran, señalando la puerta principal que, lentamente y sin que nadie la tocara, comenzó a abrirse desde el interior.
CRÉDITOS
Está historia es de mi creación y todos los derechos sobre ella me pertenecen.


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